Uno de los mayores temores que tenemos como seres humanos es el miedo a la soledad. Pero ese miedo no implica necesariamente vivir físicamente aislados. Se trata más bien de un temor a no sentirnos comprendidos, es decir, creer que lo que nos pasa no lo va a poder entender nadie. Y peor aún, que estamos condenados a tener ese sufrimiento por el resto de nuestras vidas.
Quiero ser justo, en una primera instancia es entendible que nuestra mente nos lleve a ese lugar, dado que una experiencia vivida de primera mano es objetivamente imposible de transmitir en forma completa a otra persona.
En ese sentido, el recurso de las palabras resulta sumamente válido para expresar esa maraña de sensaciones que a veces atraviesa nuestro interior. Sin embargo, en gran cantidad de situaciones tienen serias limitaciones para dimensionar en profundidad esa mezcolanza de sentimientos y razones que confluyen al mismo tiempo. Y a su vez, no siempre tenemos a disposición circulando por nuestra cabeza los términos adecuados para aplicarle un entendimiento preciso. Como resultado de esto, sentimos un malestar interno que hoy las redes sociales (o incluso chatGPT) le ponen el nombre de ansiedad, depresión, crisis, angustia u otro adjetivo de la misma familia del dolor.
Es en este punto donde una terapia empieza a tener sentido. No porque tengamos la respuesta a todas las preguntas que alguien pueda tener, sino porque juntos podemos explorar cómo llegó esa persona a esa situación, y así aplicarle un entendimiento a ese ruido mental que no permite vivir de manera más o menos amable con uno mismo. Un espacio terapéutico es una oportunidad para el análisis y la introspección, lugares abstractos que alguna vez supimos tener con más facilidad (como esa mirada perdida mirando la nada por la ventana), pero que el ritmo de vida y la cultura actual evaporó sin saber cuándo ni en qué momento sucedió. No me voy a explayar en este punto porque es para otro artículo, pero hay algo que me parece importante dejar en claro, hoy lo necesitamos más que nunca.
Ahora bien, ¿qué pasa en un proceso terapéutico? ¿Cómo me van a tratar? ¿Me van a juzgar?
Una de las preguntas que suelo hacer a mis pacientes en la primer sesión es si estuvo en tratamiento terapéutico anteriormente y como le fue, y con frecuencia escucho experiencias del tipo “no me decía nada, se quedaba callado”, “sentía que terminábamos hablando de cualquier cosa”, o incluso “sentía que no conectabamos”. Entiendo que es muy frustrante el camino de buscar un profesional de la salud, coincidir en la disponibilidad de los turnos, para finalmente ver que no hay feeling con la persona que tenés enfrente.
Me acuerdo de mi primer gran crisis en la mitad de mi carrera universitaria (una crisis típica del estudiante), haciendo el proceso de admisión con un profesional, que me derivó a otro profesional que se suponía que era el mas adecuado para mi según la problemática que acarreaba. Cuando llego a la consulta, me trataba de “usted”. Al principio pensé que era una mera formalidad inicial, sin embargo con el correr de las sesiones entendí que formaba parte del repertorio de este profesional en particular. Entiendo que hay una cuestión generacional en ese modismo, era un hombre mucho mas grande que yo. Sin embargo, tengo que admitir que me chocó bastante ese modo de dirigirse porque buscaba algo más cercano. Al menos como argentino nacido en el ‘88 que soy.
No voy a ser ingrato con él, me ayudó a destrabar algunos aspectos que mi mente de ese entonces no podía hacer por sí misma. Ahora bien, como estudiante de psicología, despertó en mí mucha curiosidad sobre esta temática a tal punto que mi tesis de grado la realicé sobre el vínculo terapéutico.
Quiero aclarar algo en relación a lo generacional. En el pasado, las terapias estaban marcadas por una distancia de asimetría absoluta entre un terapeuta y un paciente. Una distancia desde un lugar de supuesto saber que parecía incuestionable, y cada palabra era una verdad revelada casi bajada del cielo. De hecho, esto se reflejaba en los diferentes ámbitos o figuras de autoridad.
Creo firmemente que los tiempos actuales están pidiendo otro tipo de relación. Particularmente en el ámbito de la psicología clínica la demanda es aún mayor. Un vínculo cercano, cálido, donde las defensas sigan actuando pero sin levantar una muralla impenetrable. Donde la palabra pueda circular en un ida y vuelta orgánico que permita cuestionar en profundidad aquellas creencias y preocupaciones que suelen conducir la vida de las personas.
A su vez, la investigación en psicología está demostrando con más frecuencia estos últimos años la importancia del vínculo terapéutico, no solo por ser predictor de la eficacia de una terapia, sino también por el hecho de ofrecer la posibilidad de sanar por sí mismo. No hay que olvidarnos de algo relevante, los problemas que solemos tener en la mayoría de las situaciones (sino todas) son “de relación”.
Después de tomarme el tiempo de escribir estas líneas, pienso y creo que tengo que ser sincero y agradecerle a ese terapeuta, porque que me ayudó a ser un mejor profesional, ese que me gustaría haber tenido en aquel momento. Por ese motivo, todos los días busco la forma de pulir y mejorar cada dimensión de mi rol profesional, para que mis pacientes se sientan comprendidos a través de un espacio seguro, tanto desde la técnica como desde lo humano.
Para terminar, quiero recordarles algo, los psicoterapeutas no somos especies de otro planeta o seres elevados interdimensionales. Estamos atravesados por vivencias similares que la cultura nos imprime, compartimos preocupaciones, y en mi caso particular, a mi me toca renegar con los problemas del tráfico al llevar a mis hijos al colegio, y al final del día tengo que lavar los platos.
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